Ha transcurrido, ya hace un breve lapso de tiempo, el día del padre de este año en curso dos mil veintiuno. Otra celebración que aconteció, por segundo año consecutivo, en pandemia. Se han llevado a cabo, sin embargo, festejos y felicitaciones para los padres y también se recordó a los que ya no están.
Nuestra tarea como psicoterapeutas nos conduce a constatar cuán intensa es la demanda que un contexto de pandemia impone a cada familia. Los lugares, las incumbencias y las tareas de cada uno en el grupo ya no están tan claras, sus fronteras van cambiando. Esta modificación exigida por la crisis se potencia mutuamente con los interrogantes acerca de muchos temas que se daban por supuestos y que caracterizan nuestra época. Un modo de considerar la cuestión radica en preguntarnos por los cambios y reubicaciones de cada miembro en la familia entendida como una red vincular. La pandemia produce efectos de nuevos nodos, nuevos lugares y otros que se mantienen eficazmente o bien requiriendo cambios.
Veamos un formato posible de red, un tanto frágil pero accesible a reformulaciones:
Otro diseño posible con vínculos y nodos más sólidos cuyo riesgo sería rigidificarse:
Los requerimientos de atención psicoterapéutica se incrementaron en proporción a esta movilización de los vínculos y posiciones familiares. Es decir que, con frecuencia, las consultas familiares en época de covid-19, pueden ser contextualizadas en la puesta a prueba de las relaciones y la perentoriedad de crear nuevas modalidades. El aislamiento como medida preventiva implicó una movida importante, que viene afectando de maneras diferentes a cada grupo familiar. Ya se venían postulando respecto de ciertos posicionamientos y roles, cambios que se advertían como de llegada inexorable, tales como el lugar del padre y de la madre. Este interrogante que desafía las redes familiares hoy es más perentorio en épocas de aislamiento y cuarentena. .








